Virgencita, que me quede como estoy…

En general me gusta mi vida. Digo en general, porque para mi la felicidad plena no existe, es algo utópico que descubres que no es real cuando empiezas a tener un poco de uso de razón. Tengo taitantos años, estoy casada con mi Jefe, que podría mejorar en muchos aspectos, y tengo 2 Menditas preciosos a los que a ratos me comería y a ratos me arrepiento de no habérmelos comido. Tengo un piso que no me gusta, un apartamento que me encanta y un trabajo que está en el término medio. Cuando miro a mi alrededor y veo gente que está mucho peor que yo, me alegro de tener lo que tengo en mi vida. No soy envidiosa, cuando veo la gente que tiene esas tremendas casas, con taitantas habitaciones, cuartos de baño, salas de juego etc, pienso en lo que deben gastarse para mantenerlas. Me conformo con mi pisito (aunque repito, no me gusta, y es la única cosa que aspiro a cambiar de momento). Cuando la gente empieza a hablar de los sorteos de lotería, deseando que les tocaran los cientos de millones de €, mi respuesta es siempre la misma: no quiero tantos, con medio quilillo me arreglaba la vida. No aspiro a dejar de trabajar. Sólo espero que la vida me siga tratando como me ha tratado hasta ahora. Por eso, tal y como esta la vida hoy en día, me conformo con lo que tengo y pienso: “virgencita, que me quede como estoy…”

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Nadie es imprescindible

En mi trabajo trato con toda clase de personas. Personas que tienen altos cargos y empleados de todo tipo. Y si algo tengo claro es que, aunque todos en nuestros trabajos somos necesarios, ninguno somos imprescindibles.

No es que me encante mi trabajo, pero sí que me gusta enseñar a otras personas cómo se hace, ya que, el que otros sepan hacerlo agiliza mis tareas, y hace que, si el día de mañana yo no estoy por el motivo que sea, otras personas puedan ponerse en mi lugar. No comprendo a la gente que tiene miedo a enseñar a otros por si les “roban” el puesto de trabajo. Es cierto que tal y como está ahora mismo la situación el que tiene trabajo debe aferrarse a él con pegamento, pero tiene también que pensar que si lo mantiene normalmente es porque es válido para ello y, salvo circunstancias adversas, va a seguir ahí. Me parece increíble, por ejemplo, como me pasa muchas veces, que llamas a una empresa en categoría de cliente y cuando te contestan al teléfono y haces la consulta te contestan:

– pues disculpa, pero es que Fulanita salió a desayunar/ de vacaciones/está de baja y los que estamos aquí no sabemos cómo funciona”.
– Vale. Fulanita salió al café. Bueno, cuando vuelva que me llame, o yo la llamo en 10 min.

– Vale. Fulanita está de vacaciones ¿cuándo se incorpora?
– “el lunes”
– Bueno, no tengo prisa, el lunes llamo

– Vale. Fulanita está de baja. Espero que sea una baja corta, porque si es la maternal son 16 semanas, si es por un pie roto y trabaja en oficina, serán unos diítas ná mas, pero… ¿y si Fulanita mañana se muere? ¿Alguien cogerá su trabajo?
– (…) Pueeeeeesssss no seeeee… tengo que consultarlo…

Tengo que agradecer a mis compañeros, y mis jefes agradecerme a mí, que en las 2 bajas maternales que he tenido no me ha sonado el teléfono para nada, lo cual significa que las personas que me han sustituido están bien instruidas para el trabajo, con lo que si el día de mañana salgo de vacaciones, o de baja, o (Dios no lo quiera) me muero, nadie tendrá que poner una linea directa a La Menda para que baje a explicar a unos y a otros cómo se hace el trabajo.

El efecto polilla

El efecto mariposa dice que si una mariposa bate sus alas en un lado del mundo puede provocar que al otro lado ocurra un huracán. Yo he descubierto otro efecto: el efecto polilla, que es como el mariposa pero en incómodo. Paso a explicar:
Ayer colgué un post en el que hablaba de que soy una cotilla, porque me gusta leer los muros ajenos. No es mentira. Peeeero lo hago como algo personal, lo que leo me lo reservo para mí, y así sé a lo que atenerme, o a lo sumo lo comento con mis más íntimos, sin que trascienda fuera. El problema es la gente que, además de cotilla tiene la lengua larga. Trabajo en una empresa en la que hay bastante gente. No es una gran empresa, pero somos muchos y muchas, y hay lenguas muuuuy largas. Esta empresa, de la que evidentemente no voy a dar el nombre, tiene varias oficinas en varios puntos más o menos alejados geográficamente, pero a veces da la impresión de que las lenguas llegan ahí donde no llega ni Dios. Esta mañana hablando con una compañera hice un comentario acerca de un servicio que me habia pedido un cliente (un pedido de material), que me llamó la atención por la cantidad solicitada. El comentario no fue hecho con segundas ni maldad, simplemente fue decir: “Vaya, qué bueno, con pedidos así tenemos que buscar un almacén más grande, tal y como está la crisis casi hasta se agradece” y punto. No habían pasado 3 minutos y recibo una llamada de mi jefe, preguntándome que teníamos obligación de servir dicho pedido. yo me quedé 😮 😮 “jefe, en ningún momento me niego a servir dicha cantidad, es más, mi comentario ha sido al contrario, que se agradecen pedidos así”. Ahí ya se calló. Pero no debió quedarse muy conforme. No es la primera vez que me ocurre algo así. Cuando me quedé embarazada de mi segundo hijo, decidí dejar pasar un tiempo antes de hacerlo público, más por seguridad que por otra cosa. Cuando lo dije cuán grande fue mi sorpresa que media oficina ya estaba al corriente de ello. ¿Cómo se enteraron? Pues ni la más remota idea, porque sólo lo sabía mi jefe y yo, y mi jefe no lidia con el personal (por cierto, es mi marido). Algo parecido le pasó a mi compañera, que también se quedó con la boca abierta cuando sólo me había dicho a mi que estaba embarazada y ya los del Sur (así llamamos a la central) se habían enterado, no sabemos cómo.

En la oficina donde estoy yo sólo somos dos chicas, y nuestra relación es bastante buena, la verdad es la mejor compañera que me puede haber tocado, y como le digo a veces, nena, ten cuidado, no te tires un pedo, que se enteran abajo y montan una fiesta. Yo tuve que irme de ahí, asqueada por el ambiente y los chismes. Pero está claro que, aún en una punta del mundo, una polilla bate las alas y provoca que en la otra punta todo el mundo se acojone. Ese es el efecto polilla.

De lo que se entera uno…

El Caralibro puede llegar a ser como la Caja de Pandora. O como un baúl de sorpresas. En el momento que lo abres no sabes qué va a salir de él, pero algo sale siempre. La Menda es cotilla, como casi todos los que tienen cuenta en el Caralibro. ¿Qué haces cada vez que entras en él? primero miras tu muro y después el de los demás. a veces entras en los muros de otros y descubres muros y muros abiertos, en los que descubres cómo personas que, por delante te adoran, les encantas, se ríen con tus ocurrencias, por detrás te ponen a parir. A veces basta con retroceder unos meses (mirando las publicaciones antiguas del susodich@) y otras veces descubres que te han bloqueado el acceso al muro, pero entrando desde otras cuentas o viendo los comentarios de amigos ves lo que realmente piensan. Por eso yo creo que en la red todo el mundo es feliz. Nadie tiene problemas. Y el que los tiene no los dice. Y el que los dice, es porque no sabe manejarse, o porque es lo suficientemente sincero como para mostrarse tal y como es. Y de esos hay pocos, porque la mayoría preferimos mostrar nuestra cara amable, nuestros momentos felices y nuestras alegrías, antes de que personas que tenemos agregados como “amigos” vean nuestras debilidades y tristezas.

El principio

 

Bueno. Después de ver lo terapéutico que puede ser leer un blog ajeno, he decidido que escribir uno propio puede ser incluso mejor. Ya de por sí es más barato que ir a un psicólogo, así que he decidido empezar a escribir acerca de mi vida diaria, mis momentos buenos y mis momentos malos. No pretendo que le guste o disguste a nadie, simplemente es una forma de desahogarme de la vida cotidiana, que espero que no moleste. Y bueno, al que le moleste, que no me lea. ¡Comenzamos la aventura!